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ISSN 1989-4163

NUMERO 09 - ENERO 2010

 

Los Frutos Amargos del Jardin de Invierno

Luis Arturo Hernández

Autora: Monika Zgustova. Barcelona, Editorial. Destino. 2009.

   “Que hay épocas en las que toda una generación se encuentra atrapada en el cruce de dos periodos, dos maneras de vivir, y se pierde toda moralidad, seguridad e inocencia”, es la expresión sintética de la historia grotesca de su país en la 2ª mitad del siglo XX en boca de Eva, la librera checa que protagoniza Jardín de invierno, de Monika Zgustova. Y es que la última novela de Zgustova, traductora al español por excelencia de la gran literatura checa del pasado siglo, más allá de la peripecia particular del personaje, tiene mucho de relato de una generación nacida en 1945, con la liberación del Nazismo, y que asiste en su madurez, tras 40 años de Comunismo, al sobresalto del Capitalismo feroz.

   Jardín de invierno podría calificarse, genéricamente, de novela lírica, protagonizada  por un yo femenino que, en el cuerpo central del relato, va recreando su intimidad desde el “jardín de invierno” de una pequeña librería de segunda mano –y editorial clandestina de samizdat- al pie del Castillo de Praga, mediante unas instantáneas, escenas, estampas que, si bien no componen un hilo argumental estricto sensu, dotan de unidad temática a una sensibilidad artística que toma cuerpo frente a la adversidad totalitaria y constituye un emotivo continuum asociacional merced a la técnica del encadenamiento secuencial.

   Educada en el culto a la belleza y el humanismo de los valores morales del “mundo de ayer” –por decirlo con palabras de Zweig-, junto a quien será el gran amor de su vida, el excéntrico violonchelista Karel, un joven aquejado del “síndrome de Sthendal” –mejor, de Flaubert- y enamorado de “Toda la belleza del mundo” –no extrañará que Eva, álter ego de la autora, visite al poeta J. Seifert, de cuya obra es traductora Zgustova-, la joven caerá en la trampa de la vulgaridad y la ambición del comunista Milan, y fruto de cuya intermitente relación de atracción-repulsión nacerá Věra, hija –en la filogénesis del país- de la Invasión soviética del 68 y botín de Milan –de quien Eva será rehén de por vida-.

   La novela compone, pues, un triángulo amoroso de contraste maniqueísta entre tipos bastante planos en el periodo inicial de la adolescencia -y en consonancia con esa edad-: entre la burbuja de sensualidad de Karel y Eva –hecha de resonancias cultas de Smetana Janáček o Dvořák, cristalería de Bohemia y porcelana de Meissen, en un paisaje urbano de arte gótico, Barroco o modernista y referencia plástica y sensorial a las Bellas Artes-y el pragmatismo de quien medrará en un régimen que confunde “eslavos” y “esclavos”.

   Pero es, precisamente, cuando forzado Karel por Milan al exilio, Eva se hace cargo de la librería de la Callejuela del Oro –“mi nido de águilas [transformado] en un jardín en medio del invierno, un jardín de las delicias”-, cuando su sensibilidad alcanza –¿como médium de la autora?- la madurez intelectual en el crisol de la alquimia de Zgustova y se alza, ante ella, el kafkiano Castillo de naipes del Totalitarismo –el desarraigo de los escritores exiliados, la represión carcelaria de las disidentes, la universidad y literatura clandestinas…-, trufándose el relato de citas de autores checos traducidos por la propia Zgustova y convertidas en títulos proverbiales –“la vida está en otra parte” (Kundera); “el país donde el tiempo se detuvo” (Hrabal); La columna de la peste (Seifert)-. Aunque es, particularmente, de Bohumil Hrabal -de quien Zgustova escribiera una encantadora biografía novelada que se titula Los frutos amargos del jardín de las delicias- de quien se ve mayor filiación en el estilo grotesco festivo, tanto en el gusto naïf por la miniatura –los puentes de juguete sobre el Moldava vistos desde Petřín- como por el cromatismo -de los Trabant, los artículos de Tuzex, sus “flores de estufa”, los barrios o las líneas de Metro-, pero muy en especial por la hibridación grotesca del Carnaval –reléase Bajtin-, por ejemplo, en el cruce de la boda y la comitiva fúnebre de la Libertad muerta por los tanques –pp. 92-93- o la orgía culinaria de la que es objeto Eva a manos de sus amigos músicos en la iglesia de Loreto, banquete erótico de una misa negra entre suntuosidad barroca –con reminiscencias vanguardistas de la deshumanización festiva de los senos de Ramón-, y que se sobreponen al grotesco nihilista e inhumano –léase Kayser-, y que se deja al margen, como en el caso de la muchedumbre de condenados en las minas de carbón de Most –pp. 86-88-, en una novela inserta en una encrucijada histórica grotesca.

   Y, finalmente, tras asistir al “mundo del revés” de la “Revolución de Terciopelo”, en un monólogo narrado y testimonial –alegato a vuela pluma contra la turistización de la vida artística y cultural de Praga-, por parte de una Eva, que verá con ojos extraños -¿o extrañados?- la danza de la democracia y el capitalismo rampante –el baile de máscaras de disidentes que medran y comunistas reciclados reacomodados a la sombra de Havel en la Sala Española del Castillo-, desalojada de la librería y despedida luego de Correos, un epílogo kunderiano -en el sentido de ensayo dialogado sobre ideas-, ofrece el envés del tapiz narrativo, desde el punto de vista masculino, cierrándose con la confrontación entre el materialismo de un nuevo rico, el adúltero Milan –‘amado’ ¿por el Poder?-, y el idealismo amoroso –puro amor cortés por una mujer dibujada a distancia, en  presencia, y en el recuerdo, en la distancia- de un Karel definitivamente exiliado en París, y que se rubrica, en un grandioso final abierto, con las imágenes visionarias, de neta raigambre grotesca –en su confusión de macro y microcosmos-, de un “poema de la consumación”.

    Un retrato en movimiento, en suma, de la sensibilidad y la imaginación de una mujer, cultivadas bajo la luz interior y a la sombra eterna de la belleza de las flores, por amor al arte –sub specie aeternitartis-, con su cosecha de frutos amargos del jardín de invierno.

 
 

Zgustova

 

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